A través de los siglos la mujer ha sido asociada con la Naturaleza o la Madre Tierra. Coatlicue para mitología mexicana, Gea en la teogonía griega o Pachamama para los pueblos indígenas aymaras y quechuas. Representante del Cosmos, de la vida y de la fertilidad; asimismo invadida, cosificada y explotada se ha mantenido arraigada a la identidad fémina. La domesticación y el control sobre ésta se produce mediante la culturización por parte de la civilización y la legitimación de la figura del hombre como subjetividad dominante. Tal es que la identificación otorgada en el natalicio al individuo biopolíticamente designado con el rol de mujer implicará sometimiento directo e indirecto, visibilizado e in-visibilizado, mediante la lógica patriarcal. Ahora bien, en algunas posturas de tendencia eco-feminista se ha explicitado la oposición hacia esta subordinación impuesta sobre las mujeres mediante la búsqueda de una ética medioambiental no jerarquizada, reductora de la mercantilización de la natura. Aún así, tales argumentos no rechazan dicotomías opositoras, desde la construcción binomio-genérica hasta el antropomorfismo dual con un ámbito meramente espiritual-emocional (representado por “la mujer”) que tiende a ser superado por la conquista y el progreso (personificado por “el varón”), consolidando todavía una perspectiva esencialista, al reconocerla como fuerza vital creadora necesaria para la reproducción y la conservación de especies, limitada a los derechos supuestos y al cumplimiento de las obligaciones inseparables de la construcción social del género asignado al nacer. Considero entonces que la mistificación de la pachamama afianza de esta manera el sostenimiento del heteropatriarcado. Por ello es que ciertos discursos eco-feministas, pro-natalistas, y vindicadores de la feminidad carecen de solidez al exponer la alianza tierra-mujer, banalizando la consideración de ambxs desde una paradojal esquematización.

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