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Fragmento del ultimo libro que editamos “el jardin de las peculiaridades” donde expone algunas de las formas de opresion hacia lxs individuos.

El patriarcado se manifiesta claramente en la interacción humana cotidiana. Si un hombre tiene una personalidad fuerte es considerado carismático. Pero si es una mujer, el sistema la marca peyorativamente como casquivana, marimacho o entrometida. El patriarcado es una realidad de opresión y de control. Se reafirma con la violación y la violencia física. Y existe en la medida en que hay categorías de género separatistas, cuyo meollo ideológico radica en la presunción de ciertas características físicas, sicológicas, sociales, emocionales, intelectuales, morales, etcétera, distinguidas por género. Pensar, por ejemplo, que las mujeres son en general de una forma y que los hombres son en general de otra, presupone la existencia de perfiles humanos determinados categóricamente por el sexo de cada cual: mujeres a un lado, hombres al otro. El patriarcado es, por un lado, el discurso escrito por los hombres para justificar los privilegios masculinos y, por el otro, una práctica política represiva. Es ideología y poder. Y depende de la separación genérica. De otro modo, todo el mundo se degeneraría. Para desmantelarlo, es necesario recrear otro tipo de discurso que no sólo degenere la ideología, sino que también establezca una nueva forma de relación política.

La política es una noción proveniente del concepto de “polis”: la antigua ciudad griega, germen de la civilización occidental. Su organización se configura definitivamente con la idea romana de “cosa pública” (del latín “res publicus”). En la antigua Roma, los asuntos públicos -o comunes- estaban en manos de un grupo de varones patricios. Son ellos los que escribieron tempranamente la ley que relega a las mujeres a un espacio otro, fuera de lo público. En Grecia, los poetas también fueron expulsados de ese espacio público. El proyecto platónico de “República”, no consideraba ni a los artistas ni a los poetas con méritos suficientes como para integrar los asuntos de Estado. Por supuesto, las mujeres estaban relegadas al domo. En realidad, todos fueron expulsados de tamaña cosa pública, menos los patricios. Para justificar la expulsión de lo estético del ámbito público, Platón repetía insistentemente que “los poetas eran mentirosos”, puesto que no se ajustaban a su lógica sofista. Por lo mismo, acaso también eran considerados mujeriles y sensibleros. Esto es algo que aún se repite y piensa en variados círculos, especialmente en aquellos ligados al poder. La infantilización de las mujeres, de los poetas y artistas, de los indígenas, de las minorías, las culturas primitivas, etcétera, se ha llevado a cabo por medio de su exilio al llamado “mundo de lo femenino”. Éste se asocia peyorativamente a lo débil, lo emocional y lo ilógico. Dicha noción fue tempranamente aprendida a la fuerza por los pueblos colonizados y universalizada luego por el logos civilizador: el pensamiento lógico instrumental. Así, la “res” pública cosifica los modos de interacción social e intersubjetivos entre los seres humanos y acelera el proceso de reificación.

En castellano, hablar de reses -para referirse al ganado vacuno- es hablar de cosas. Para el logos, la naturaleza es una cosa que se instrumentaliza. El patriarcado ha instrumentalizado a las mujeres, pero también a los hombres. Es, en rigor, una ramificación ideológica de la razón instrumental, porque construye categorías genéricas entre hombres y mujeres, para suprimir y controlar.

La peculiaridad desmantela estas categorías. Una mujer es una criatura peculiar e irrepetible. Un hombre es otra criatura peculiar e irrepetible. Las categorías “mujer” y “hombre” tienden a anular esa peculiaridad, a la vez que generan el separatismo. Tal vez la única política posible que anule las formas de interrelación social e intersubjetiva jerárquicas, sea a través del carnaval. Éste es un festival donde todos los pétalos de las peculiaridades humanas se desplieguen sin bases sistémicas, salvo las que ordene la propia naturaleza. Y se debe practicar todos los días. Todos tenemos un lugar en el jardín del planeta: hombres y mujeres, niños y niñas, ancianos y ancianas. Nuestras diferencias biológicas o preferencias amatorias no han de ser motivo alguno para que alguien quede proscrito del huerto planetario. La distinción entre lo privado y lo público ha sido construida artificialmente para garantizar el funcionamiento represivo del control patriarcal. Abolir dicha distinción, significa abolir también las nociones genéricas que marcaron el inicio de esta civilización.

 

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